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La fragilidad de la tendencia a la optimización de las instituciones.

David Salazar Pachón

No éramos conscientes de nuestra fragilidad.

La supervivencia es a pesar de todo lo que hemos evolucionado como especie, principalmente en el plano social, nuestro único y verdadero impulso. Aquello que subyace por debajo de todas nuestras acciones, muchas de las cuales están destinadas precisamente a tapar esos instintos. Instintos que por otra parte son los que nos hacen seguir vivos.

Y para sobrevivir a veces nos tenemos que decir que somos inmortales, que nada puede pasarnos. Por contradictorio que parezca. Sentirnos fuertes a pesar de ser tan frágiles.

Esta crisis que ahora vivimos nos pondrá a prueba cómo sociedad, una vez más. No es algo nuevo en nuestra historia, aunque sí suele ser nuevo para cada generación.

Nadie esperaba esta crisis. Nadie suele esperar nunca las crisis, por eso son tan destructivas. No nos dejan margen para prepararnos ante ellas, llegan de repente, arrasan con todo y se van sin siquiera darnos tiempo a prepararnos para afrontar el día después. Que en la mayoría de las ocasiones es incluso peor que la misma crisis.

Esta en concreto ha sido especialmente rápida, prácticamente en pocas horas pasamos de estar absolutamente despreocupados frente al virus a estar confinados en nuestras casas. Una situación nueva para la gran mayoría de nosotros.

Acepto que tardé unos días en asumir la situación, y que me preocupa el efecto que va a tener sobre nuestra sociedad. Causará daño, dolor y muchos no la sobrevivirán, siendo esto sin duda lo peor y lo único irreparable.

Tras la aceptación de la nueva situación dos conceptos se agolpaban y repetían en mis pensamientos y reflexiones. Fragilidad y optimización. Conceptos en principio que para muchos son opuestos, y que yo cada vez veía más relacionados en la nueva disposición que nos ofrecía este presente.

Relacionar fragilidad con una crisis es sencillo, es fácil hacer el ejercicio de entender que llegamos a una crisis porque nuestro sistema presenta fragilidades en algún punto y algún agente externo, llámese desastre natural o como en este caso, nuevo virus, destapan y ponen de manifiesto la debilidad.

La fragilidad es la vulnerabilidad a la volatilidad de las cosas que afectan a algo, y nuestras instituciones se han mostrado muy vulnerables ante la alta volatilidad de la situación.

Quizá, y aquí está la reflexión principal al entrar en juego la optimización, porque tenemos más medios que nunca para optimizar todo, y en esos cálculos para lograr la optimización, odas las medias olvidan o pasan por alto los sucesos menos frecuentes o crisis. Llámense terremotos, inundaciones o COVID-19.

Porque cuando usamos todos los datos que tenemos disponibles en esta época optimizamos gastos y esto conlleva a una mayor fragilidad ante eventos no previstos cómo son las crisis.

Por ello debemos aprender de esta crisis que el crecimiento no debe ser lo único que guíe nuestros propósitos. Al menos no un crecimiento desmesurado a cualquier precio, debemos ir más hacía un camino de crecimiento robusto, aunque sea más lento.

Así mismo la verdadera derrota de esta crisis sería no aprender nada de ella, no reflexionar sobre los errores que cometimos para que tuviera un efecto tan devastador sobre nuestra sociedad. Debemos aprender de ella en lugar de ponernos a la defensiva y buscar culpables lejos de nosotros. Debemos actuar sobre aquello que sí podemos cambiar para no repetir el error.

Todos estamos de acuerdo en que es la calidad de las instituciones de un país o territorio lo que determina su éxito, ¿pero es la optimización, la eficiencia, absolutamente necesaria para tal fin? Probablemente cuando pase la emergencia sanitaria y hayamos resuelto la económica deberíamos ponernos a pensar cómo solucionar esto.

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