La libertad política implica la libertad de poder expresarla 

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España, a la sombra del progreso.

Alejandro González Silva

El tiempo pasa, y tras él podemos observar todos y cada uno de los estragos que la pandemia ha causado y causa en nuestra sociedad, haciendo peligrar nuestra salud y estabilidad económica a niveles desconocidos desde hace décadas. 

 

Es por ello que nuestro deber social, mediante la actividad política, debe ser implantar medidas , soluciones prácticas que verdaderamente puedan aminorar los nuevos problemas existentes que durante el paulatino transcurso de la pandemia hemos podido apreciar con nuestros propios ojos en multitud de ocasiones. 

 

Esta ejecución requiere una apuesta firme y consensuada entre las diferentes fuerzas políticas que se hallan representadas en nuestro hemiciclo del Congreso de los Diputados. Solamente de esta forma podremos levantar cabeza.

 

Cierto es que trágicamente nada de lo expuesto con anterioridad toma forma en la realidad política de nuestra nación, donde el populismo se adueña de nuestras instituciones y el egoísmo por obtener rédito electoral no nos permite ver más allá.

 

La pelea de izquierdas y derechas nuevamente nos impide avanzar hacia el futuro con firmeza y rotundidad. Posiciones necesarias en esta situación de absoluta excepcionalidad. 

 

De forma paralela, en Europa, la propuesta para la elaboración de un plan de reconstrucción avanza y la gran pregunta es, ¿por qué nuevamente nuestros socios de la Unión Europea saldrán a la ayuda de España? ¿Es que es la que más requiere de esta ayuda?

 

La respuesta a esta pregunta debería estar vinculada a nuestras necesidades actuales y futuras, donde el Fondo Monetario Internacional prevé una caída del 12,8 % del PIB. Lo que sería un pronóstico económico no conocido anteriormente. 

 

El gran número de contagios acaecido no ha sido el mayor indicativo para desembocar en esta necesidad, sino los problemas estructurales y constructivos que atraviesa nuestra economía desde hace décadas, los cuales no han podido ser resueltos debido a la ineptitud de nuestros políticos. 

 

Algunos de los más relevantes son la temporalidad de nuestros trabajadores, la quiebra técnica de nuestro sistema de pensiones y, sin duda, el despilfarro político.

 

Motivos sobradamente fundamentados para comprender la negativa de una inyección económica de países como Holanda, entre otros, hacia la economía española sin el establecimiento de unas garantías previas, en palabras del primer ministro holandés Mark Rutte, que ha tomado el primer plano en estas negociaciones que aparentemente culminan en el día de hoy, pero que prometen un futuro aun incierto. 

 

Trasladando esta situación a un contexto personal, piensen, ¿quién le dejaría ingestas cantidades de dinero a un amigo sin ni si quiera saber a dónde va a parar el mismo?

 

“Por suerte o por desgracia” nuestros socios europeos están en lo cierto, España no puede permitir hallarse a la cola de indicativos tan importantes para nuestro futuro como el desempleo en menores de 25 años donde se nos ubica en una tasa del 32,2 por ciento, superando así al de Grecia, y alcanzando el más alto de Europa, o poseer una deuda pública del 98 % como en nuestro caso.

 

Debemos observar con atención, poner encima de la mesa los verdaderos debates que necesita nuestro Estado de derecho, y obviar aquellos temas disuasorios que ocupan las portadas de los medios de comunicación tan solo para distraer la atención de nuestra sociedad, anulando nuestra capacidad de opinión, y condenándonos a la pobreza no merecida en esta tierra, llena de trabajadores y magníficas personas. 

 

Debemos actuar, dar paso a un nuevo ciclo político que haga posible la aplicación de cambios reales que nos permitan avanzar hacia el progreso y no hacia la barbarie, hacía la unidad y no hacia la confrontación. 

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