La libertad política implica la libertad de poder expresarla 

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Ah, ¿que eres gay?, pues no lo pareces.

María José Calderón 

Ayer domingo fue el Día Internacional contra la LGBTI-fobia y tras leer varios artículos y comentarios difundidos en redes y recordar algunas vivencias, escribí estas reflexiones vespertinas.

 

Esta efeméride evocada ayer hace referencia a los 30 años de la fecha en que la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales y es por eso que este día se tomó como referencia para reivindicar la lucha contra este tipo de discriminación y de fobia.

 

No es motivo de debate que la lucha contra la LGBTI-fobia sigue siendo necesaria, pese a los avances de la sociedad respecto a los derechos de las personas LGBTI, ya que, las situaciones de violencia y discriminación se siguen sucediendo, de hecho, en el mundo todavía existen 71 países que criminalizan las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo e incluso hasta 13 pueden llegar a castigarla con la pena de muerte, según el último informe de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Transexuales e Intersexuales (ILGA).

 

En España y en los países de nuestro entorno se considera ampliamente alcanzada la igualdad ante la ley en derechos LGBTI y adquirida la no discriminación legal por motivos de orientación sexual y/o identidad de género, pero es innegable que quedan grandes remanentes con mayor o menor consciencia y tendencia de odio hacia esta comunidad. Yo los clasifico en tres grandes bloques homofóbicos. Por un lado están los restos inconscientes que son herencias de épocas pasadas cuando no existía dicha igualdad. Por otro lado tenemos a los conscientes, que divido a su vez en dos subbloques, los apropiadores o patrimonializadores políticos que a día de hoy practican los populismos de toda índole para capitalizar su estigmatización del adversario a costa de infundir miedo y conductas moralizantes entre determinados colectivos, cayendo con ello, en comportamientos discriminatorios y homofóbicos. Y, por último, los enfermos, los psicópatas, aquellos violentos que agreden por la calle, que insultan, que invaden coercitivamente la libertad de otros por su condición sexual o su identidad de género. En estos no detendré mi análisis, para ellos, sólo tengo un deseo, que se les aplique el Código Penal.

 

El primer bloque al que me refiero es el de los remanentes inconscientes que aglutina a aquéllos que emiten prejuicios del tipo “Ah, ¿que eres gay?, pues no lo pareces”, como si tuvieras que cumplir una ristra de caracteres necesariamente indisolubles a tu condición, los cuales te anexionan al grupo. También tenemos esos otros comentarios repugnantes de “yo no soy homófobo, tengo muchos amigos maricones”. Estas sentencias podrían parecer una broma de mal gusto sin más, pero desgraciadamente no lo son y estas expresiones siguen siendo muy recurrentes y vividas con demasiada frecuencia aún. Los especímenes autores de tales genialidades, no suelen ser conscientes de que su visión es prejuiciosa y LGBTI-fóbica, y lo digo por experiencia. La existencia de estos desajustes de pensamiento, ponen de manifiesto que la lucha contra la LGBTI-fobia sigue siendo necesaria, con horizontes mayores que los de combatir las conductas violentas y la igualdad ante la ley, y hacerlo a través de medios educacionales y pedagógicos que podrán transformar estas instituciones informales que aún sufrimos y merced a las cuales las personas LGTBI pueden tener determinados roles, cargas, papeles o funciones dentro de la sociedad, que podríamos definir como discriminatorios.

Siendo conscientes, como digo, de que la igualdad legislativa es prevalente en nuestro ordenamiento jurídico, socialmente siguen existiendo consecuencias sobre la posibilidad de desarrollar la carrera profesional o personal de los LGTBI, como suele ocurrirles a los transexuales en el entorno laboral, y el fin al que debemos avanzar es a cambiar la percepción social de eso, entendiendo que esas ideas pueden haber sido, en parte, consecuencia de las restricciones a la libertad o a la desigualdad jurídica pretérita. Esa desigualdad previa ha ido generando ideas que la refuerzan y la justifican, nosotros podremos habernos cargado las desigualdades ante la ley pero las ideas que la reforzaban, que la legitimaban o que la justificaban siguen ahí durante mucho tiempo, generando comportamientos LGBTI-fóbicos, por lo que se hace inexcusable seguir avanzando en la ruptura de esas instituciones informales hasta que dejemos de escuchar a estos primos con la cantinela de "no, si yo tengo un amigo gay""que hagan lo que quieran, pero que no lo llamen matrimonio", "entiendo que tengan su orientación, pero que lo hagan en su casa", entre otras.

 

El segundo bloque en mi análisis es el de los conscientes provenientes de los polos políticos enfrentados y que pretenden reducir la problemática a una cosa compacta y monolítica para conducirnos al en contra o a favor, que nos posiciones de un lado u otro y apostemos todo a ello.  

 

El pasado 6 de julio de 2019, muchos de los que nos manifestamos en Madrid para defender la diversidad LGBTI fuimos víctimas de una fobia que nunca antes había visto, de un odio engendrado en la soberbia aleccionadora que se ha hecho dueña del razonamiento libre y diverso y todo porque acarreábamos la inaceptable deficiencia de defender la libertad, los derechos LGBTI y no ser de izquierdas. 

 

El ala socialcomunista, que hoy nos gobierna, proclama sin pudor que la reivindicación LGBTI es su patrimonio y que, en consecuencia, son ellos quienes reparten los carnets de buen gay, posesión sine qua non, parece ser, para poder defender la igualdad de derechos homosexuales.

 

Aquel día, la expulsión de Ciudadanos de la manifestación del Orgullo fue también el símbolo de la exclusión y discriminación de todas las personas LGBTI liberales que piensan por sí mismas y no se dejan tutelar por el paternalismo estatista moralizante que tiene gran parecido al de los actos de aquellos carcas de casino, algunos de ellos hoy en el Congreso de los Diputados, que pretenden prohibir el matrimonio gay o las adopciones de parejas homosexuales.

 

A día de hoy, la izquierda necesita inventar nuevas guerras para liderarlas porque de ello depende su supervivencia. Necesita apropiarse de reivindicaciones que pertenecen al ámbito de los derechos individuales y que per se debieran ser transversales, necesita abanderarlas y guiarnos porque han perdido su razón de ser en la ya conquistada sociedad del “bienestar” donde la lucha de clases, la lucha obrera, ha satisfecho sus demandas y existe en mayor medida un paraguas legal que recoge los derechos de los trabajadores. En este escenario de necesidad de subsistencia, se mete en nuestras camas, nos dice cómo consumir, diseña una sociedad medioambientalista a su medida, todo bajo el miedo a diferentes emergencias estigmatizando al adversario.

 

Los ultraconservadores repiten el patrón, no necesitan ser percibidos como útiles por sus simpatizantes sino como estandartes que defienden lo contrario a lo que detestan de la izquierda, es decir, les basta con ir en contra de todo aquello que proclama su adversario ideológico. La máxima es estar enfrente del enemigo. Por tanto, si la izquierda se apodera de la comunidad LGTBI utilizándola como arma y como herramienta sostenedora de sus subterfugios, los ultraconservadores hacen lo propio, la utilizan a la contra demonizándola y dirigiéndose a ella como lobby subsidiado y adoctrinador.

 

El “colectivo” LGBTI de la izquierda es una cohorte donde los soldados funcionan como un cuerpo monolítico que siempre les dará la razón. El batallón de los ultraconservadores razona en la misma dirección pero con sentido contrario poniendo de manifiesto igual inteligencia pétrea.

 

La jugada les está saliendo muy bien para sus intereses, mal para el resto de los españoles libres. Han conseguido que volvamos a vernos como enemigos por nuestras ideas políticas, la lucha contra la LGBTI-fobia es sólo una de ellas. Y han roto la convivencia, sobran los ejemplos, asistimos a una polarización creciente durante toda la crisis del Covid19.

 

Lo que ocurrió el pasado 6 de julio en las calles de Madrid, incendiadas por las declaraciones gubernamentales del ministro Marlaska, fue tan imperdonable y tan asquerosamente LGTBI-fóbico como las confesiones que Abascal le hizo a Pablo Motos en El Hormiguero a propósito de la adopción de parejas homosexuales: “Tienen que tener preferencia al adoptar la unión de un hombre y una mujer, ahora me dices, hay un niño que no lo quiere nadie y lo van a adoptar dos homosexuales, yo lo aplaudo”.

 

La libertad de ser gay, bisexual o transexual no es elegir si se nos aprueba nuestra orientación, identidad, vestimenta o nos validan la ideología de nuestras ideas o ambiciones tanto la izquierda como los ultraconservadores o el conjunto de su gente, es algo que requiere mayor nivel de madurez y de responsabilidad individual, es ejercer esa libertad por y para uno mismo.

 

No hay un pensamiento más tolerante que el de las ideas liberales, el cual reivindico como lugar de encuentro necesario para afrontar los retos futuros ante este frentismo polarizante, inútil, estéril y altamente ineficaz. Como dijo el gran profesor Alberto Benegas Lynch: "el liberalismo significa el respeto irrestricto por el proyecto de vida ajeno" y no se me ocurre mejor camino que tomar que él para el desarrollo personal y la prosperidad del conjunto de la sociedad.

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